A doce meses de la muerte del ex One Direction en Buenos Aires, el caso sigue abierto. Entre drogas, excesos y una cadena de negligencias, la justicia intenta entender qué pasó realmente aquella tarde en el Hotel CasaSur de Palermo.
Por Lucas Carrizo – Revista AZETA
El 16 de octubre de 2024, la noticia sacudió al mundo del pop: Liam Payne, ex integrante de One Direction, fue hallado sin vida en el patio interno del Hotel CasaSur, en pleno corazón de Palermo. Tenía 31 años, una carrera marcada por el éxito y una lucha constante contra sus adicciones.
Un año después, la investigación judicial continúa —con dos imputados aún presos— y una trama que combina hedonismo, vulnerabilidad y un final que nadie vio venir.
Una caída sin testigos
Esa tarde, a las 17:10, el 911 recibió un llamado desde el hotel: “Tenemos un huésped fuera de control, bajo los efectos de drogas y alcohol”.
Minutos más tarde, Payne caía desde el balcón del tercer piso.
El informe forense fue categórico: muerte por politraumatismos y hemorragias internas. En su cuerpo se hallaron altos niveles de alcohol, cocaína y el antidepresivo sertralina.
La combinación fue letal: los peritos sostienen que el músico estaba semiinconsciente cuando cayó, sin reflejos de defensa.
Las cámaras de seguridad —más de 800 horas revisadas— muestran al artista siendo trasladado por personal del hotel a su habitación 310 tras una crisis de intoxicación. Desde allí, nadie más volvió a verlo con vida.

Las últimas horas
Según la reconstrucción judicial, ese día Payne había invitado a dos mujeres a su habitación a través del sitio Gemidos.TV.
Tomaron alcohol, charlaron, rieron… hasta que la situación se descontroló.
Las mujeres se fueron sin cobrar y el cantante, fuera de sí, empezó a romper todo: muebles, espejos, incluso su reloj Rolex.
Poco después, el encargado del hotel llamó a emergencias. Cuando la policía llegó, el cuerpo del británico ya yacía en el patio interno.
En los días previos, Payne había compartido tiempo y consumo con Braian Paiz, un joven camarero al que conoció en Puerto Madero.
Chats filtrados muestran intercambios de drogas y un vínculo que, según fuentes cercanas, combinaba “complicidad y afecto”.
El círculo judicial
Hasta la fecha, Paiz y Ezequiel Pereyra (ex empleado del hotel) permanecen en prisión preventiva acusados de suministro de estupefacientes a título oneroso.
El fiscal Andrés Madrea asegura que ambos vendieron cocaína a Payne los días previos a su muerte.
Sin embargo, los dos insisten en su inocencia: “Yo no soy narco. Era consumidor, nada más”, dijo Paiz desde la cárcel en diálogo con GENTE.
Otros tres acusados —el empresario argentino Rogelio Nores (amigo y contacto de Liam), la gerente del hotel y el jefe de seguridad— fueron sobreseídos en febrero de este año.
Para la Cámara, “no hubo prueba concluyente” de que su accionar haya provocado el desenlace.
El fallo fue apelado: aún faltan pericias sobre los celulares de los involucrados.
Teorías, excesos y verdades incómodas
La investigación derribó varias hipótesis mediáticas.
No hubo “cocaína rosa”, ni conspiración, ni suicidio: los informes oficiales apuntan a una caída accidental producto del estado de intoxicación.
El cuadro tóxico —alcohol, cocaína y sertralina— generó delirio, alucinaciones y pérdida total de coordinación.
En palabras del perito Santiago Maffia Bizzozero: “Era un cuerpo sin control, una mente disociada. No había voluntad de morir, había desconexión.”
Entre el mito y la tragedia
Desde Londres, el padre del artista, Geoff Payne, logró repatriar los restos de su hijo y agradeció el trabajo de la justicia argentina, aunque mantiene viva una causa civil.
“Sabíamos que Liam luchaba con sus demonios. Pensamos que estaba mejor”, declaró.
El juicio oral contra Paiz y Pereyra está previsto para 2026.
Hasta entonces, el expediente sigue abierto, igual que la herida que dejó una estrella que, entre giras, adicciones y silencios, no pudo escapar de sí misma.
Una historia sin cierre
Un año después, la imagen final sigue siendo la misma: un ícono global solo en una habitación de hotel, desbordado por la mezcla explosiva de fama y vulnerabilidad.
Liam Payne ya no está, pero el eco de su caída sigue resonando —como un recordatorio brutal de lo que ocurre cuando el brillo del escenario no alcanza para sostener la vida real.