Los Grammy siempre tienen algún momento raro, pero este año Justin Bieber se llevó todos los flashes. El tipo apareció en el escenario y cantó prácticamente en boxer. Sí, en ropa interior. Sin producción exagerada, sin show gigante, sin disfraz. Solo él, el micrófono y una escena que dejó a medio mundo con cara de “¿esto es posta?”.
Por Luciano Boglione – REDACCIÓN AZETA!

Bieber eligió una puesta minimalista, casi incómoda a propósito. Nada de brillos ni artificios. Parecía más una confesión que una actuación para la gala musical más importante del año. Y ahí está el punto: no fue casualidad. Fue un mensaje.
Algunos lo vieron como una genialidad artística, una forma de mostrarse vulnerable, expuesto, sin máscaras. Otros directamente pensaron que se había pasado de rosca o que estaba buscando atención. Lo cierto es que funcionó: hoy todo el mundo está hablando de eso, no de quién ganó qué premio.
A mí, personalmente, me genera sentimientos encontrados. Por un lado, banco cuando un artista se anima a romper el molde y no juega a lo seguro. Bieber viene de años complejos, de desaparecer, de volver de a poco, y esto parece decir “soy esto, sin filtros”. Por otro lado, no dejo de pensar si no es también una forma medio desesperada de seguir siendo relevante en una industria que te exige shock constante.
Igual, hay algo innegable: en una noche llena de performances prolijas y olvidables, la de Justin quedó grabada. Te puede gustar o no, pero indiferente no te deja. Y en el pop, eso sigue siendo una victoria.